Un Silbido

Entre otras muchas cosas, los últimos 25 años de la selección italiana enumeran todo tipo de delanteros centro, una posición que nunca tuvo la condición de verdadera estrella de una convocatoria. Si la azzurra puede permitirse señalar a alguien como tal, lo hizo siempre de sus mediapuntas -fantasistas-, defensas centrales, centrocampistas o incluso porteros, pero al ‘9’ italiano, por el que pasaron, cierto es, grandísimos goleadores pero ninguno como estrella única de la nazionale, le ha quedado la sensación de estar para golear, no tanto para ganar un Balón de Oro, como así fue con Cannavaro, o pudo ser con Totti o con Buffon. El delantero italiano era capo pero solo canonniere.
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De entre la inmensa nómina de los que vistieron la azzurra, desde Casiraghi, Vialli o Ravanelli hasta Immobile o Balotelli, pasando por Gilardino, Toni, Di Natale, Delvecchio, o Inzaghi, quizás no fue Christian Vieri el mejor y ni mucho menos el más importante, pero si quien alcanzó el punto más alto en cuanto a relevancia internacional en la posición. La hemeroteca dice que dio tantos problemas como goles metió, que fueron muchísimos, y seguramente fue esa insistencia por alzar la voz la que le hizo perder una calma que siempre necesitó para labrarse grandes oportunidades en las noches más célebres, las de Europa y el Mundo. Porque lo que también dice la hemeroteca y el recuerdo es que fue un rematador imponente. Ahí sí, puede que el mejor de todos los italianos ya mencionados.

Nacido en una época delimitada y especializada por franjas y roles, Vieri compartió los tiempos del doble ‘9’ -Boksic, Ronaldo, incluso Batistuta-, una circunstancia que hacía desaparecer la figura del asistente y priorizaba el juego directo, una mezcla a la que Vieri tuvo que adaptarse sin mayor remedio. Triste por lo primero, pues su virtud principal era arrancar por potencia a un espacio, darse un metro de tiempo para armar su zurda y finalizar el trabajo que Recoba, Juninho o Kiko le facilitaron, y algo más alegre por lo segundo, pues fue durante el gran grueso de su carrera una de las grandes referencias en el juego de contacto. En su plenitud, ‘Bobo’ era conocido por pasarse tardes enteras en el gimnasio, parte de una preparación física meticulosa y evidente. Chocar con Vieri no era recomendable y fue su musculatura la que más opciones le dio para verse con el portero.
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De equipo en equipo, Vieri se hizo con el mando, heredado y cada vez menos transferido, de un don para marcar de manera sistemática dos tipos de gol clásicos: el de área estando allí, oliendo, metiendo la bota en medio metro de área chica, o el remate a portería desde los dos costados del área. Muy característico de los ‘9’ de su estirpe, Vieri era un maestro dándose la vuelta y disparando a un palo sin haber mirado antes, demostrando lo que debía ser un ‘9’ a todos los efectos, menos de los que hoy se pondera para entender la posición actualmente. El efecto del remate y del gol era la única obsesión compartida en toda la historia de la demarcación.